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Categoría: Entrevistas
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 Buenas tardes a todos. Me llamo Eduardo José, soy de Casarrubuelos, tengo 28 años y trabajo como maestro de música de primaria. Por suerte fui uno de los millones de jóvenes afortunados en poder recibir al Papa en Madrid, y en rezar junto a Él por todo el mundo, en especial por todos los que sufren.

 
Unos de ellos… los presos.

 
 
Comencé a ir a la cárcel cuando tenía 18 años. Pablo, mi Párroco, propuso al coro parroquial ir al Centro Penitenciario Madrid III de Valdemoro para acompañar y solemnizar (digamos) la Eucaristía que vulgarmente llamamos la “Misa del gallo” o del pollo como decimos en la cárcel (por celebrarla allí a las 5 de la tarde).
Cuando Pablo lo propuso no dudamos ninguno en dar un sí. Y allí nos presentamos. La primera impresión de la cárcel: miedo, mucho miedo. Puertas que chirriaban cuando se abrían o cerraban. Parecíamos sardinas enlatadas pues hasta que no se cerraba una puerta no se abría la siguiente. Entramos en el área, que es donde se celebraba la misa y… el primer contacto con los presos era (al menos por mi parte) manteniendo las distancias.
Hasta que empiezas a notar un “no sé qué”… que te hace ver que ellos son iguales que tú: que rezan como tú; cantan como tú, hablan igual que tú… pero con una gran diferencia: cuando termina la misa son conducidos a sus módulos y tú… sales y vas a casa a celebrar la Navidad con tu familia.
 
Una vez que has celebrado que Jesús ha nacido, que se ha hecho pobre y humilde para que lo reconozcamos… deja a esa gente encerrada y vete a tu parroquia a celebrar de nuevo la Misa del gallo. Esa fue la primera toma de contacto.
Justo después de vivir la Navidad en la cárcel sufrí un atraco mientras trabajaba en una gasolinera. Lo que hizo replantearme la primera impresión que tuve de la cárcel. Si antes tenía miedo, ahora mucho más y, ahora, sí que entendía por qué esa gente estaba allí dentro.
 
Aún así… seguía yendo a la Misa del gallo todos los años.
Después de un tiempo, Marifran (voluntaria que llevaba el coro de la cárcel y catequista de mi parroquia) me pide que le eche una mano con los cantos en Semana Santa.
Y allí fui. Se respiraba algo especial en la capilla. Lo que más me impactó fue el gesto del lavatorio de pies. Pablo, como sacerdote, se arrodillaba ante cada preso y le lavaba los pies, igual que hizo Jesús en la última cena. Y, pensaba yo… ¿Pero qué haces, Pablo? Son delincuentes, ¿Los lavas los pies? Y que bien el Evangelio para recordarme que Cristo hizo lo mismo con Judas, aún sabiendo que lo iba a entregar para crucificarlo.
 
Celebramos y acompañamos a Cristo con el viacrucis el Viernes Santo. Si Cristo sufrió por mis pecados, ¿Por qué no lo va a hacer con uno de estos? Pensaba yo.
Y, el culmen… celebrar la Resurrección. Cristo murió pero su muerte queda vencida porque resucita. Es el paso a la nueva vida en Cristo.
 
Después de cada celebración en la cárcel iba a la Parroquia y lo celebraba con mi comunidad pero.. ¡Qué distinto era! Y no porque no se prepare o se viva igual, sino porque la situación de las personas no era la misma.
A partir de aquí… Pablo y Mary me pidieron que me hiciera cargo del coro. Y… ¿qué significaba eso? Suponía ir todas las semanas a ensayar con ellos y celebrar la Eucaristía con ellos. Al principio me limitaba a lo musical y se acabó pero… poco a poco te das cuenta que ellos demandan algo más: una compañía cercana, que les escuche y les anime… sobre todo, que se sientan acompañados.
 
Por suerte, hace unos años abrieron en Casarrubuelos una casa de acogida: “Isla Merced” para personas que salen de la cárcel y no tienen donde ir. Mi experiencia con la casa no es muy amplia, pues no hay tiempo material para ello. Solo puedo decir que, siempre que en la Parroquia hemos necesitado algo, han estado dispuestos a todo. Y es lo que destaco, el servicio que aportan a todos aquellos que lo necesitan.
 
Para un voluntario, y para mí, hay una frase que recoge nuestra tarea: “Recibimos más de lo que damos”. Hay un sentimiento de gratitud impresionante. ¿Qué me cuesta a mí ir a cantar con ellos si lo hago todos los días? Pero… ¿por qué allí y no en otro sitio? Para ello voy a utilizar la letra de una canción, más vieja que yo, pero que recoge muy bien el sentido del voluntario en cualquier necesidad social, y en ésta en particular. “Su nombre es el Señor y está en la cárcel, y está en la soledad de cada preso y nadie lo visita y hasta dicen: tal vez éste no era de los nuestros. Con vosotros está y no le conocéis, con vosotros está su nombre es el Señor”. Y eso es lo que veo yo. Cristo está en cada uno de los presos: unos lo han descubierto, otros no pero pedimos para que lo encuentre. Ser cristiano es reconocer el rostro de Cristo en el otro y hacerle partícipe de ello.
 
A raíz de la JMJ y de todas las experiencias que guardamos los jóvenes, nace un pensamiento, y que el Papa decía en cuatro vientos: ¡No tengáis miedo! ¡No temáis al anunciar el Evangelio! Es muy fácil anunciarlo en las Parroquias y movimientos donde la gente que acude, más o menos, lo conoce. Pero… ¿Hacerlo dónde la gente sufre y no encuentran explicación a su vida? Y no es para vanagloriarme, ni exaltar la tarea que hacemos los voluntarios. Solo os pido que lo experimentéis, que lo viváis. 
Las puertas de la cárcel se abren y se cierran, nadie se queda allí siempre, no te amenazan ni te van a matar o a robar.
Simplemente necesitan de personas que les escuchen y animen.
 
“Iba un hombre de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de unos bandidos que lo dejaron medio muerto tras robarle. Casualmente bajaba un sacerdote por aquel camino y al verle dio un rodeo. De igual modo un levita. Pero un samaritano pasó junto a él y al verlo, tuvo compasión y curó sus heridas y le llevó a la posada para que lo cuidaran. ¿Quién de los tres fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores? El que practicó la misericordia con él. Dijo Jesús: Vete y haz tú lo mismo”.
 
Dice también el Evangelio:
“Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odien, bendecid a los que os maldigan, rogad por los que os difamen. Al que te hiera en una mejilla, préstale la otra; y al que te quite el manto, no le niegues la túnica. A todo el que te pida, da; y al que tome lo tuyo, no se lo reclames. Y lo que queráis que os hagan los hombres, hacédselo vosotros igualmente. Porque si amáis a los que os aman, ¿Qué mérito tenéis? Pues también los pecadores aman a los que les aman. Si hacéis el bien a los que os lo hacen a vosotros, ¿Qué mérito tenéis? ¡También los pecadores hacen otro tanto! Más bien, amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada a cambio y vuestra recompensa será grande, y seréis hijos del altísimo porque Él es bueno con los ingratos y los perversos” Lc 6, 27-32.
 
Esto es lo que quería transmitir. Hemos recibido un tesoro y debemos cuidarlo.
“El Espíritu de Dios está sobre mí, me ha ungido para proclamar la buena noticia a los más pobres, la gracia de la salvación. Enviados con poder, y en el nombre de Jesús, a sanar a los enfermos del dolor: a los ciegos dar visión, a los pobres la verdad y a los presos y oprimidos libertad”. Esto es lo que muchas veces cantamos y… como dice Pablo: ¡Cuidaito con lo que cantáis!
 
Algunos jóvenes de la delegación vivisteis la experiencia cuando llevasteis la cruz de los jóvenes a Valdemoro y celebramos juntos la Vigila Pascual con nuestro Obispo. Y uno de los jóvenes, con la fuerza que nos caracteriza, se ofrecía para cantar, leer o lo que fuera para que la celebración fuera más digna. Y cuál fue su admiración al contemplar como todo estaba preparado: había coro, había lectores… Y no lo digo para reírme ni echar por tierra sus buenas intenciones (que por supuesto las había) sino para que sirva como ejemplo de que las cárceles no están aisladas, ni vamos allí por cumplir.
Vamos allí a anunciar la buena nueva de Cristo y ser, junto con ellos, testigos de su misericordia.